“Una vez que entrás, fuiste”, dicen los adolescentes del Instituto Nacional de Inclusión Social Adolescente (INISA), que día a día ven vulnerados sus derechos al vivir entre excesos de encierro y medicación, en donde la dignidad parece una utopía. Este cúmulo de situaciones les generan otros problemas, más de los que tenían al llegar, explicó Mariana Estefan, tallerista de Proyecto Empatía, a Sala de Redacción

El 21 de abril, un informe de la Institución Nacional de Derechos Humanos (INDDHH) sobre centros de atención en salud mental, expuso las carencias y maltratos a los que cientos de menores se ven sometidos desde hace meses. Expresiones humillantes, reclusiones excesivas y el “uso inapropiado de medidas de contención” fueron sólo algunos de los problemas mencionados. Pocos días después, el colectivo Nada Crece a la Sombra denunció al INISA por no investigar el caso de un joven que pasó más de dos semanas internado y sin capacidad de habla tras “caerse de la cama”. Finalmente, la difusión de un video en el que se observan roedores en el Centro MD1 de la Colonia Berro llevó al Sindicato Único de Trabajadores del INAU (SUINAU) a alzar la voz frente al “agravamiento del panorama”. ¿Qué sucede dentro de las instalaciones del INISA y del INAU?

Sin confiar

“Expresión y comunicación”, esa fue la consigna de los jóvenes integrantes de Empatía, un equipo que invita a “repensar la cárcel entre todxs” y que debió adaptarse a las diferentes realidades para desarrollar sus talleres con efectividad, en un ambiente en el que está “muy naturalizada” la violencia. Las modalidades difirieron según el centro, el espacio, el tiempo o el “ánimo de los gurises”. Entre escritura, dibujos y música, los adolescentes dejaron ver que tenían ganas de hablar y por sobre todo, de crear lazos.  

“Salió de ellos el hablar de vínculos de confianza”, describió Estefan. “Acá cuando crees que podés confiar en alguien, te dan un golpe por la espalda”, le decían los jóvenes. Aunque ciertos patrones se repiten, la tallerista contó que la situación varía según el centro en el que se encuentren. En algunos de ellos, los internos mantienen buenas relaciones con sus educadores, que se posicionan en un lugar “casi paternal”, mientras que en otros -la mayoría- puede observarse “un grado de funcionamiento mucho más ajeno”, en donde se limitan a abrir y cerrar la puerta, a “hacer su trabajo” y cumplir con su horario. 

Gerardo Burgos, psicólogo que trabajó como asesor del ex director del INAU, Dardo Rodríguez, dijo a Sala de Redacción que uno de los problemas consiste en que la mayoría de los educadores no tiene la suficiente formación para desempeñar correctamente su tarea. “Muchos de ellos ni siquiera han terminado Ciclo Básico”, sentenció. Como puede comprobarse en un llamado realizado en marzo de 2021, haber finalizado la educación media básica no se considera un requisito esencial. Para acceder al cargo, basta con tener los documentos vigentes y más de 21 años de edad. A eso, se le suma la poca estabilidad de los equipos, que afecta directamente su eficiencia. En palabras del psicólogo, lo “lógico” es que siempre trabajen los mismos grupos de personas, opción que se vuelve imposible dada la “permanente” rotación de los horarios.

Más allá de lo que respecta al personal, el video en el que se observan roedores ha dejado en evidencia una serie de carencias edilicias, que excede al centro MD1. Juan Quevedo, integrante del Suinau, declaró a Sala de Redacción que es “imprescindible” contar con estructuras adecuadas. “Estar en buenas condiciones va a redundar en un mejor trabajo”, afirmó. A su planteo se sumó el de Estefan, que relató cómo el espacio físico condicionó las actividades de cada taller. Para la estudiante de Psicología, si en algún momento se apuntara a una reforma que pensara a los centros desde una perspectiva integradora y “socioeducativa”, las edificaciones “deberían modificarse”. 

Historias repetidas

Tanto Estefan como Burgos destacaron la importancia de frenar la tendencia a la “medicalización”. Según expresó la tallerista, ante la pérdida de todas sus actividades, jornadas de hasta 23 horas de encierro y la inexistencia de “relaciones seguras”, es coherente que los adolescentes presenten “malestares”. Para tratarlos, lo ideal sería ofrecer un acompañamiento “integral”, pero esta propuesta suena a quimera en un lugar en donde “no hay ni psiquiatras ni psicólogos”. Además, Burgos agregó que el “empastillamiento” se genera desde que los niños y adolescentes ingresan a las instalaciones, en donde solicitan y reciben sin obstáculos pastillas para dormir “o para no estar sufriendo ni pensando”. Para el ex asesor, mientras siga sin brindarse la atención necesaria “la situación seguirá empeorando”. 

“¿Qué es salud mental cuando me privan de todo lo que necesito para tener una vida digna?”, se cuestionó Estefan. Muchos de los jóvenes han pasado por todos los centros y “están cansados de ver y vivir lo mismo, de la historia repetida”, especificó. Una historia que no es solo suya, sino que en muchos casos es también la de sus padres, tíos, hermanos o primos. De acuerdo con Burgos, la mayoría de los menores pertenecen a familias en las que “ser delincuente es lo corriente”. Por lo tanto es fundamental presentarles “otro modelo” y brindarles “la confianza y las posibilidades” para que logren alcanzarlo. 

Quevedo, que también defiende la búsqueda de “elementos de unificación para que los jóvenes salgan más fortalecidos,” declaró que la “compleja” realidad que constituye al encierro trae consigo “situaciones de tensión”. Cuando se generan, él y sus compañeros intentan “solucionarlo de buena forma mediante la palabra”, pero a veces “no alcanza” y se apela a la reducción, “obviamente, protocolizada”. Para Burgos, los funcionarios “no entienden” las complicaciones inherentes a la privación de libertad y en muchos casos tienden a la “agresividad”. “Yo nunca vi un maltrato hacia alguien que los estuviera tratando bien”, afirmó al referirse a la actitud de los jóvenes. Por su parte, Estefan planteó que aunque usualmente la responsabilidad recae sobre los educadores, que “no tienen ni herramientas ni condiciones”, la falta viene “de más arriba”.  

Finalmente, Burgos sostuvo que tolerar y encubrir el maltrato a un niño “es un delito”.  A modo de ejemplo, el ex asesor recordó el video que en 2015 desató un juicio contra 15 trabajadores del INAU. En él se observaba a varios funcionarios golpeando a algunos menores, mientras otros se limitaban a observar. Entre los espectadores estaba Joselo López, presidente del Suinau, con quien Burgos nunca quiso hablar del asunto, “porque él tenía todo el poder”. El psicólogo planteó que “muchas veces pensamos que corrupción es solamente robar y guardarse la plata”, pero también lo es “permitir la violencia”. Si le preguntan si hay corrupción en los centros del INISA y del INAU, Burgos responde que sí, que “la hay”.

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