La reconstrucción de una desaparición
Escrito por: Mónica Bottero/Ernesto González Bermejo
Marcha
Marcha

En el primer número de Brecha, el 11 de octubre de 1985, se publicó una investigación periodística sobre la desaparición de Julio Castro. Un extenso artículo que reconstruye esa detención y asesinato con los datos disponibles a la salida de la dictadura, datos que ahora, al confirmarse la identidad de los restos hallados en el Batallón 14, pudieron ser actualizados en un nuevo abordaje periodístico (véase página 2).
 
La llaman “la casa de los caracoles”. Es como una casa baja, simple, escasa de árboles, como tantas casas de balneario, y si algo la distingue es el considerable aljibe de la entrada y las estanterías ocupadas por una portentosa colección de caracoles ecuatoriales.
La pareja de edad avanzada que la ocupa llega frecuentemente buscando la paz de los fines de semana después de recorrer desde Montevideo 72 quilómetros de Interbalnearia en una camioneta Indio, amarilla y negra.
En verano “hacen playa” en Cuchilla Alta o van hasta el vecino Jaureguiberry. Pero estamos en invierno y el hombre estuvo leyendo en el interior de la casa y haciendo unos trabajos manuales, habilidoso como es, en carpintería y herrería.
Ese lunes 1 de agosto de 1977 la pareja se levantó a las 7, tomó mate como todas las mañanas, partió en la Indio hacia Montevideo y llegó a las 8.30 al apartamento 601 de la calle Julio Herrera y Obes 1166, casi Maldonado.
Dos horas después Julio Castro había desaparecido y su esposa Zaira iniciaba una búsqueda desesperada que dura todavía.
“¿Qué podían tener contra él?: su capacidad de entrega a los compañeros, su incomparable humanidad, su actividad solidaria tan intensa; su ausencia de miedo; su buen humor, su sonrisa”, se pregunta su esposa.
Julio había querido llegar cuanto antes a Montevideo, impaciente por salir a recoger novedades. Llamó a su amigo Efraín Quesada:
—Paso a dejarte la gorra; volviste a olvidarla.
—No vale la pena –dijo Efraín.
—Paso, voy para allá –insistió Julio.
Y salió.
La bomba había destrozado buena parte de la fachada y el frío de aquel lunes de agosto se colaba por las persianas y el entablonado precario. Ya casi habían pasado tres años del atentado, pero Efraín Quesada, después de recoger los escombros y tirar a la basura 300 libros deshechos, no había podido hacer grandes reparaciones en su casa de Francisco Llambí 1417, a veinte metros de Rivera.
Cuando Julio entró, con las solapas del sobretodo beige levantadas contra el cuello, no quiso sentarse y apenas concedió sacarse el gachito escocés que lo acompañaba desde París, cuando hacía el camino de avenida Segur hasta la unesco.
Efraín tenía algo de gripe y tampoco se moría de deseos de permanecer en aquel líving refrigerado.
—Sentate –dijo, con todo.
—No, ya me voy –contestó Julio.
Hablaron diez o quince minutos, así, de pie, y por más que quiera Efraín no consigue precisar el contenido de la conversación. Seguramente fue algún tema político de momento, de los que no faltaban.
Julio Castro y Efraín Quesada intercambiaban información. Quesada era una excelente fuente porque por su casa desfilaba cuanto corresponsal extranjero de alguna importancia pisara Montevideo –desde Niedergang, de Le Monde, hasta Flavio Tavares, del mexicano Excelsior– y políticos influyentes como Jorge Batlle, Vasconcellos y Jude, que constituían el “triunvirato” colorado clandestino, y Dardo Ortiz, Carlos Julio Pereira y Mario Heber, los “triunviros” blancos.
“Y militares, muchos, todos los generales pasaron información, los ‘blandos’ y los ‘duros’.”
Efraín, por entonces corresponsal de ips y del New York Times en Montevideo, conseguía documentos del Consejo de Estado: las denuncias de violaciones de derechos humanos que los particulares estaban obligados a dirigir a ese organismo: “todo ese material pasaba por las manos de Julio”.
Las actividades de resistente de Julio Castro comprendían:
* La recopilación de información para su envío al exterior (a Carlos Quijano y a grupos de exiliados uruguayos) y su distribución en el interior a ciertos sectores políticos.
* La gestión de asilo ante la embajada de México de perseguidos políticos, a muchos de los cuales salvó la vida. Su apoyo fue el embajador Muñiz (después todo se hizo imposible con el sustituto, coronel (r) Cervantes), y su contacto el agregado cultural de la embajada mexicana, Cuauhtémoc Arroyo Parra.
“Julio acompañó personalmente a mucha de la gente que asilaba. La hacía subir hasta la embajada, le decía cómo tenía que forzar una simple guardia que había, o la entraba por una casa lindera.”
Era un hombre sin miedo. Más que trágico consideraba ridículo el aparato del “proceso”. No iba a cambiar su manera de ser porque los militares se hubieran encaramado en el poder. Y se movía en forma abierta, sin medidas de seguridad, a todo riesgo, confiando en una suerte de protección que debía darle su condición de viejo maestro de alguno de los poderosos.
—Yo los tuteo y ellos me tratan de usted –decía–. Estoy enfermo y voy a decírselos si me detienen; van a ver que no me harán nada.
Eran las 10.30 de la mañana del primer lunes de agosto cuando le entregó la gorra que Efraín había olvidado en su casa y se despidió como siempre:
—Hasta mañana o pasado –dijo.
Efraín no vio la camioneta Indio que Julio habitualmente estacionaba frente a la casa. No lo acompañó hasta la calle, por el frío.
—Hasta mañana –respondió.
Y lo vio alejarse rumbo a Rivera.
El día del golpe de Estado de 1973 el hombre sacó la pistola, se asomó al balcón de su casa de un piso en 26 de Marzo y La Gaceta y colgó un cartel que decía: “Soy el capitán de navío Óscar Lebel. ¡Abajo la dictadura!”. El cerco militar duró desde las 8 hasta las 14 horas, cuando lo hicieron prisionero.
La casa de Lebel está a pocas cuadras de la de Quesada y hay fuertes presunciones de que Julio Castro, mientras caminaba hacia su camioneta, se disponía a ir a visitarlo.
—Venía una o dos veces por semana; conversábamos de todo un poco, sobre todo de política.
Lebel pertenece al “entorno del general Seregni” desde 1965; es lector de Marcha desde 1950. Fue una publicación que lo llevó a creer que, aparte de su vocación, los militares merecen serlo si son capaces de “ser arietes del cambio y no solamente los gendarmes del statu quo”.
“La influencia de Carlos Quijano y de Julio Castro fue inmensa en nosotros. Julio era un pozo de sapiencia en un estuche tan sencillo que nadie podía sospecharlo.”
El periodista brasileño Flávio Tavares, corresponsal del Excelsior de México y de O Estado de São Paulo, de Brasil, viajó de Buenos Aires a Montevideo el 12 de julio de 1977 con una misión bien concreta: tratar de hacer salir de prisión a su colega uruguayo, también colaborador del Excelsior, Graciano Pascale, detenido por ser autor de un artículo que los militares uruguayos consideraron lesivo para el honor de las Fuerzas Armadas.
Tavares llegó, visitó al embajador mexicano, contrató abogados y consiguió liberar a Pascale.
Capitán Lebel —Pascale trajo a Tavares a mi casa para hacerle ver que no todos los militares de este pais eran trogloditas.
Quesada —Con Tavares teníamos una buena relación de trabajo; cuando venía a Montevideo me llamaba y nos encontrábamos; esa vez también me llamó pero no llegamos a vernos.
A dos días y medio de su llegada, Tavares estaba listo para regresar a Buenos Aires. Había hecho liberar a su colega, había encontrado a Brizola, en cuya casa se hospedó, y, además, tuvo un encuentro con Arroyo Parra y una tercera persona desconocida, de la que obtuvo una información útil. Arroyo le dio, además, un casete cuyo contenido Tavares no conocía pero que, se suponía, también podría servirle para su trabajo.
Brecha —¿Encontró a Julio Castro?
Tavares —Nunca encontré a Julio Castro, nunca lo conocí.
Julio caminaba por Rivera en dirección a Soca y se acercaba a su camioneta Indio cuando dos hombres se apretaron contra él y lo forzaron a entrar a un automóvil. Uno de ellos se puso al volante y arrancó. Julio quedó sentado detrás, junto a otro hombre que no había participado en su captura. La camioneta Indio los precedía, conducida por un tercer hombre.
—Hacelo agachar –gritó el del volante.
—Agáchese, señor –dijo el hombre junto a Julio.
—No puedo –respondió Julio–, por mi salud.
Un aneurisma es una dilatación arterial que provoca la formación de un saquito milimétrico donde se alojan coágulos y sangre circulante. Si el aneurisma está ubicado en alguna de las arterias cerebrales el paciente vive bajo una espada de Damocles. Cualquier hipertensión arterial provocada por un síndrome de estrés o por arterioesclerosis puede provocar la ruptura del saquito y una hemorragia meníngea que, según sea su intensidad, puede acabar con la vida del paciente.
Julio Castro tenía un aneurisma en la arteria comunicante anterior del cerebro, no más grande que un grano de arroz. Estaba ubicado en el cruce de una línea hipotética que partía de la frente, sobre la nariz, hacia el interior de la cabeza, con otra que salía de la sien. Un lugar muy difícil para operar, y la operación es la única garantía contra un aneurisma, aunque no excluya la aparición de otros.
Julio había tenido dos hemorragias meníngeas, una en 1954 y otra en 1974, años antes de su secuestro.
Cuando, llamado en consulta por el doctor Purriel, el cirujano García Güelfi examinó a Castro, en 1974, lo encontró con “la conciencia bastante conservada, no había entrado en estado de coma. Pero era un ‘enfermo de riesgo’ y, en consideración a su edad (65 años), decidimos no operar. Julio recibió un tratamiento en base a depletivos para disminuir la presión y el riesgo y evolucionó muy bien”.
Lo que no quiere decir que no debiera cuidarse extremadamente, llevar una vida reposada y evitar el estrés. Puesto en una situación límite, sometido a una agresión, Julio Castro tendría una reacción natural que le haría aumentar la presión, lo que podría provocarle una nueva hemorragia meníngea o una falla cardíaca, que podría ser fatal.
—Se les pudo haber muerto en el auto, sin ir más lejos –opina el doctor García Güelfi.
“Me dijo que tenía problemas de salud y que no podía agacharse mucho. El hombre no parecía sorprendido, sino resignado. Yo entonces me di cuenta de que estaba participando en un secuestro, cosa que no había tenido que hacer hasta el momento. Seguíamos andando en el coche y yo sentía que todos los ojos del país estaban puestos en mí, aunque la gente que andaba por la calle ni siquiera se debía haber dado cuenta.
Todo había ocurrido muy rápidamente. El oficial principal, Zabala, de la Policía, había pasado por la sede del Servicio de Información de Defensa (sid), en bulevar y Palmar, y había pegado el grito: ‘Mirá que me llevo a Barboza, che’, y dirigiéndose a mí: ‘Vení conmigo, Barboza, nos vamos’.
Yo, por supuesto, no pregunté adónde ni para qué; supuse que tendríamos un seguimiento, una vigilancia o algo por el estilo. Íbamos todos de particular, en un coche corriente. Estacionamos en las inmediaciones de Rivera y Soca, aunque no estoy muy seguro, creo que era Soca. Estuvimos un buen rato esperando en el auto, me parece que escuchando música. De repente todo el ambiente se empezó a enfervorizar.
Zabala y el otro se bajaron del auto y me dijeron que hiciera lo mismo. Los sigo con la mirada y veo que se dirigen hacia un señor mayor –unos 60 años, tendría–, de lentes, creo que le faltaba algo de pelo, canoso, estatura mediana. Tenía un sobretodo algo así como marrón y una bufanda, no me acuerdo de qué color. El hombre se dirigía hacia el cordón de la vereda, hacia una camioneta Indio, detrás de la cual nos habíamos estacionado nosotros. Zabala y el soldado fueron a su encuentro y se le pusieron uno de cada lado. Yo permanecía junto al auto. El hombre al principio se sorprendió pero no opuso ningún tipo de resistencia. Lo trajeron al auto y lo metieron atrás, a mi lado. Adelante iba Zabala, manejando. El soldado se subió a la Indio y arrancamos detrás de él. Zabala me gritaba: ‘Hacelo agachar, imbécil, hacelo agachar’. A mí me parecía que nos miraba todo el mundo y eso que todavía no sabía que estábamos secuestrando a Julio Castro.”
Era un hombre de vida ordenada y llegaba puntualmente a su casa a almorzar. Si no lo iba a hacer avisaba por teléfono. Por eso Zaira, al ver que no venía, a las 12.30, a las 13, se puso a llamar a Quesada, a Lebel, a Lilí Seregni, los amigos que Julio Castro visitaba regularmente.
A las cuatro de la tarde su hijo Julio hace la primera denuncia verbal en la comisaría. El apartamento de Julio Herrera y Obes se colma de amigos inquietos. Buscan en los hospitales, investigan los accidentes, reiteran dos veces más la denuncia.
El jefe de la División de Ejército IV, con asiento en el departamento de Minas, se llama entonces Gregorio Álvarez. El general, siendo niño, fue alumno de Julio Castro en la escuela Sanguinetti, en Montevideo. Zaira le pide una entrevista. Le toman el teléfono y la dirección y le responden que “se le avisará oportunamente”.
Pasan más de veinte días, sin una palabra. Álvarez es ahora comandante en jefe interino del Ejército.
“Señor general:
Es mi desesperación de esposa, que desde el 1 de agosto nada sé de mi marido, la que me lleva a pedirle, con todo respeto, me conceda una entrevista. Hace hoy 57 días de la desaparición de mi esposo, sin que se me comunique nada y sin que se responda a mis reiteradas gestiones ante las autoridades correspondientes.
Mi esposo es Julio Castro, el que fuera su maestro en la escuela Sanguinetti. Estoy segura de que usted tiene que recordarlo por su excepcional calidad docente, su gran bondad, su sensibilidad humana, así como Julio Castro tenía presente en usted al pequeño escolar. Hay relaciones que no se destruyen y una es la que se establece entre maestro y alumno.
En nombre de ello y acuciada por mi creciente desesperación es que me decidí a insistir en mi pedido, porque creo que sólo usted puede ayudarme y orientarme para saber dónde está y cómo se encuentra este maestro que, próximo a los 69 años, se halla en un estado de salud que requiere cuidados especiales.
Por favor, señor general: permita que hable con usted, permita que oiga de sus labios las palabras que tanto necesito, haciéndome llegar su respuesta.
Reciba mi anticipado agradecimiento con mi saludo respetuoso.”
Zaira —Esta vez recibo una respuesta indirecta: el coronel Julio César Bonelli, jefe de Policía de Montevideo, me comunica que se hará cargo personalmente de la dirección de la búsqueda.
Y al día siguiente los diarios publican una foto con un comunicado de la Jefatura de Policía –”Persona buscada”– en el que “se solicita la colaboración de la población para ubicar el paradero de Julio Castro Pérez”.
A las nueve de la noche del 14 de julio de 1977, cuando iba a subir a la escalerilla del avión que debía conducirlo de regreso a Buenos Aires, Flavio Tavares fue interceptado por un grupo de hombres que lo hizo subir a un Ford Falcon y que lo sacó del aeropuerto. Tavares fue vendado, esposado y acostado en el piso del auto, bajo los zapatos de sus secuestradores.
Llegaron a una casa pequeña (“se oía todo, de un cuarto al otro”) y un hombre que parecía el jefe y al que pronto aprendería a identificar por su perfume agresivo antes que por su nombre –Julio César– le dijo no bien lo sentaron: “Sepa que quien entra acá no ve más la luz del sol”, y además: “Usted tiene derecho a venir cuantas veces quiera al Uruguay, señor Tavares, pero no tiene derecho a denigrar al Uruguay”.
El periodista tuvo la impresión de que querían entregarlo a Brasil, pero cuando revisaron los bolsillos de su sobretodo y encontraron el casete y la hoja con las anotaciones parecieron cambiar momentáneamente de idea.
“En ese momento yo todavía no conocía el contenido del casete que me había dado el encargado cultural mexicano Arroyo Parra. Después me lo hicieron escuchar y se trataba de la grabación de la sentencia, creo que del Tribunal Superior Militar de Uruguay, condenando a dos años de cárcel a un teniente o capitán del Ejército que había denunciado a sus superiores la tortura y el asesinato de presos políticos en su cuartel”, cuenta el periodista.
Tavares escribirá después una carta al diario Excelsior, de México, publicada en el diario El País, de Montevideo, el 19 de agosto de 1977. n
“El veterano”
Testimonio del periodista Flávio Tavares, del diario mexicano “Excelsior”, incluido en la referida investigación del primer número de Brecha
Tavares —La noche anterior había sentido que entraba alguien al líving donde yo estaba durmiendo en un colchón. Encienden la luz, lo acuestan y se van. A la mañana siguiente me doy cuenta de que efectivamente hay otra persona conmigo. Tiene voz cascada, de viejo. Está muy lejos de mí. Comprendo que es otro detenido por el trato que le dan, lo llaman “el Veterano”. El Veterano pide para ir al baño. “Che, hay que llevar al Veterano al baño –le dice un soldado a otro–, ¿vas vos?” Y el Veterano va al baño. Pasa a mi lado. Es un hombre que camina despacio, casi arrastrando los pies. Lo guían: “Cuidado con los escalones, Veterano”.
Más o menos a mediodía, cuando yo tengo un hambre brutal, llega todo el equipo. Reconozco por el perfume a Julio César, el jefe. Y aunque están muy lejos, oigo que Julio César habla con el Veterano y le dice algo borroso y “Fidel Castro”. Se ve que el Veterano niega porque Julio César insiste: “Sos, claro que sos”. Me ha pasado mil veces ese fragmento de conversación por la cabeza, y creo comprender que Julio César le dijo al Veterano: “¿Sos algo de Fidel Castro?”, que el Veterano negó y el otro reiteró: “Sos, claro que sos”.
Empiezo a oír el ruido de cadenas y de las poleas y pienso que van a volver a torturarme. Al decimotercer día de mi detención me habían colgado. Me pusieron en mangas de camisa, me esposaron atrás y empezaron a colgarme hasta que las puntas de lo pies quedaron apenas rozando el suelo. Uno hace esfuerzos para tocar el piso y aumenta los efectos de la colgadura. Sufrí picana eléctrica en Brasil y no sé qué tormento es peor. Creo que la colgadura.
Con el ruido de cadenas de fondo me sacaron, subí los escaloncitos, tomamos por el pasillo que llevaba al baño pero continuamos hacia arriba, a un segundo piso o a una especie de torrecilla a la que se subía por una escalera parecida a las de caracol, pero no tan empinada. Me dejaron con un soldado que como no sabía nada de la situación me preguntaba estupideces como si Óscar era de Peñarol o de Nacional. De tanto en tanto aparecía Julio César a preguntar: “¿No le sacaron nada?”, y se iba. Así estuvimos hasta el final de la tarde, cuando me llevan de regreso al líving.
Oigo que el Veterano se queja, gime, tiene la respiración dificultosa. Es de noche cuando un soldado dice a otro: “El Veterano está mal”.
A la mañana siguiente, el 3 de agosto, el día que me voy, vuelvo a escuchar los quejidos del Veterano, ayes de dolor. Me hacen levantar y me doy cuenta que al Veterano lo dejan acostado porque no le dan orden de doblar el colchón como a mí. “El Veterano empeoró”, dice un soldado. “Sí, está jodido”, dice otro.
Lo dice en tono burlón. No está preocupado.
M B/E G B
* Brecha, 11 de octubre de 1985.

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