La vista desde la torre del Observatorio Meteorológico. Foto: SdR / Paula García

El tiempo parece no transcurrir en la vieja torre. Armarios con documentos centenarios recubren las paredes. Documentos climáticos que poseen información muy valiosa de todo el mundo, que va desde 1800 hasta 1955. Artefactos antiguos de medición y computadoras llenan el espacio. Instrumental del Siglo XIX traído de Europa por los pioneros de la Meteorología en el país. Esa tarde hubo 18.9ºC dentro de la torre y 18.3ºC fuera. La humedad relativa era de 55% y la presión atmosférica de 1021.4 hectopascales. La charla con José transcurrió muy amena. Los allí presentes lo escuchábamos con mucha atención, casi hipnotizados por sus palabras. Sus relatos y el sabernos rodeados de 133 años de historia, tenían el poder de hacernos viajar en el tiempo, adelante y atrás, una y otra vez.
El primer Observatorio Meteorológico del Uruguay se creó el 7 de Mayo de 1882, en el entonces joven Colegio Pío IX que tenía tan solo cinco años de fundado. Apadrinados desde Turín, Italia por Don Bosco (sacerdote fundador de la Congregación Salesiana) y dirigidos por el Padre Director Luis Lasagna, uno de los motivos de su creación era el poder formar una red de observatorios en Latinoamérica. En una época en la cual no había mucho interés en las investigaciones meteorológicas, esta red de estaciones fue de suma importancia para la agricultura y la seguridad de la navegación. Se empezó a emitir la hora oficial cuando se creó la torre astronómica en 1894, subvencionada por el presidente Idiarte Borda. El barrio Villa Colón, zona de grandes viñedos y residencias de veraneo, nace y crece a la sombra del colegio.
Con el paso de los años, aquel observatorio de vanguardia y de prestigio internacional, ‘se fue quedando’, hasta que en 1955 cuando la población de alumnos del Colegio comenzó a mermar, todo quedó desactivado y abandonado, a la deriva. Poco se sabe qué fue de la vieja torre, hasta que en 2006 se convirtió en museo, pasando a formar parte del Complejo de Museos del Pío. Siendo alumno, bastaba con pedir permiso cada dos por tres para visitarlo. Lo más emocionante era llegar al mirador, el punto más alto de la torre a 23,5 metros del suelo y 40,36 metros sobre el nivel del mar. Se ve todo el barrio desde las alturas y gran parte de la ciudad (ya que la visibilidad es de unos 10 kilómetros).
Tras varios años de trabajo fuera del país, al volver al Uruguay, José quiso compartir el conocimiento que había adquirido a través de una serie de charlas sobre la importancia de la meteorología desde su punto de vista. Gracias a esto llegó al Pío en agosto del 2013. Tras la exposición se le acercó un grupo de exalumnos de la generación del ’59 para preguntarle si era factible volver a poner en funcionamiento el observatorio. “Se necesita voluntad de las partes y dinero” respondió entonces. Voluntad sobraba, dinero faltaba, como siempre. A pesar de la gran tarea en la que se había involucrado, a José le fascinó saberse responsable de reactivar el primer Observatorio Meteorológico del Uruguay. Su rostro se ilumina al hablar del ‘santuario’ como él mismo lo denomina.
Hoy en día, brindan servicios a más de 30 emisoras radiales y ofrecen cursos de capacitación técnica a aquellos interesados en la meteorología, con la esperanza latente de que ellos continúen con esta red histórica de donde han salido grandes meteorólogos. Los ilusiona el poner la meteorología al servicio de la sociedad, y que a través de un lenguaje simple todos seamos capaces de entenderla. Hacer de esta ciencia inexacta una herramienta para el desarrollo, es su motor día a día.
A un año y medio de la reapertura, los objetivos se vienen cumpliendo. El equipo de trabajo se ve muy satisfecho porque ha primado la voluntad y el esfuerzo de todos. En tan solo un año, el observatorio por el Centro Latinoamericano de Desarrollo fue galardonado con el premio Ciudadano de Oro a la trayectoria. Quienes impulsan el proyecto, sueñan con que el año que viene puedan tener el respaldo de UTU y del CLAEH.
Con el correr de la entrevista, entre alumnos y docentes, la torre se fue llenando de gente. Antes de retirarnos, y tras subir con un poco de vértigo otras dos escaleras, esta vez en espiral, nos dimos el gusto de visitar el mirador, en el punto más alto de la torre. Aquella tarde de otoño nos regaló una bellísima postal, mientras el sol caía por el occidente.
Florencia Gencarelli

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