El arco locatario del Estadio Luis Franzini nunca se vio tan asediado, pero quienes invaden el área chica del campo violeta no son Fernando Morena, Wilmar Cabrera ni Rubén Sosa. Son estudiantes de educación secundaria y de la Universidad de la República (Udelar), miles. Sentados en la cancha y en las tribunas, escuchan a dirigentes de la Asociación Social y Cultural de Estudiantes de la Enseñanza Pública (ASCEEP) reclamarle al gobierno de facto que cese de la intervención de los centros educativos y cumpla con la Ley Orgánica universitaria, a 25 años de su aprobación y tras diez años de dictadura.

La ASCEEP, fundada en 1982, se constituyó como una asociación representativa de los estudiantes de educación pública y fue predecesora de la actual Federación de Estudiantes Universitarios del Uruguay (que había sido ilegalizada por la dictadura y a partir del retorno a la democracia se abrevia en la sigla ASCEEP-FEUU). Si bien se creó bajo el amparo de leyes-decreto promulgadas por el gobierno dictatorial, eso no implicaba que no existieran roces entre los integrantes de la ASCEEP y el gobierno cívico-militar.

La fundación de esta asociación significó el retorno, por lo menos a viva vista, de la militancia al ámbito estudiantil: con la excusa de organizar reuniones de estudio, campeonatos de truco y candombailes (bailes de candombe), fueron organizándose para recuperar los espacios arrebatados por las fuerzas interventoras, ante su incrédula e impotente mirada.

Esto no significa, sin embargo, que hacia 1983 los estudiantes pudiesen gozar de sus libertades. Gabriel Eira, ex estudiante del Liceo 10 que luego se uniría a la entonces Escuela Universitaria de Psicología -predecesora de la Facultad de Psicología-, enumeró en diálogo con Sala de Redacción las diferentes presiones de los interventores, desde las guardias que supervisaban a los estudiantes constantemente -e incluso evaluaban la longitud del cabello- hasta profesores colaboradores del régimen.

“La mayor parte de las actividades eran fuera de los locales universitarios, en casa de compañeros o en espacios que algunos sectores de la Iglesia Católica nos permitían reunirnos, como eran Los Vascos, frente a la Plaza del Entrevero, o Conventuales, que eran franciscanos”, explicó. 

De todas formas, Gabriel reveló que, “poco a poco”, fueron recuperando los espacios de la Universidad, a tal punto que en 1984, él y otras 1.500 personas participaron de la fundación del Centro de Estudiantes Universitarios de Psicología, “en una asamblea multitudinaria”. Según detalló, “una de las diferencias que había en ese momento con la actualidad es que no había mucha diferencia de procedencia política o partidaria”.

En este contexto de clandestinidad a la vista y unidad estudiantil, el ex integrante de ASCEEP detalló cómo, en un inicio, “la marcha se organizó como si fuera una suerte de corso, como si fuera una fiesta estudiantil”, si bien reconoció que “todos sabíamos que no iba a ser así”.

De esta forma, la movilización del 25 de setiembre de 1983, punto cúlmine de la llamada Semana del Estudiante, significó un acto de rebeldía y protesta contra las presiones e imposiciones del gobierno de facto en el ámbito estudiantil, aunque subyacía, a entender de Gabriel, un componente político que excedía a lo universitario. “Era una marcha de protesta contra la dictadura”, aclaró.

Es quizás por esto que contó con gran adhesión: según recuerda Gabriel, a medida que avanzaba la marcha, que comenzó en la sede de la Udelar, sobre la avenida 18 de Julio, se le fue sumando una infinidad de personas, invitadas por un cántico compuesto por ASCEEP y que los integrantes de la generación 1983 aún saben entonar:

“Estudiante, sal afuera

venciendo la soledad

la noche se hace día

sal afuera y lo verás”.

Algunas personas no necesariamente eran estudiantes, así como tampoco lo eran quienes acompañaban a los manifestantes con aplausos y cacerolas desde los balcones de sus apartamentos. “En la medida que se iba sumando [la gente], se iba conformando algo cada vez más grande”, explicó Gabriel.

Según describió, “se fueron juntando pancartas”, con los más diversos reclamos: el retorno de la FEUU, reclamos de libertad y amnistía para compañeros y familiares presos, el fin de la intervención en la educación y el retorno de la autonomía y el cogobierno universitario. A las pancartas las acompañaba una cacofonía de cánticos que, según detalló, “marcaban las diferencias partidarias” por parte de los concurrentes, que de todas formas demostraron su resistencia en la unidad. Es prácticamente imposible resumir la infinidad de reclamos que, embotellados dentro de cada persona durante diez años de dictadura, fueron volcados a la calle aquel día.

Hacia el final de la principal avenida, los estudiantes tomaron Bulevar Artigas, con el recaudo de ocupar únicamente la senda que va en dirección sur, ya que una de las condiciones impuestas por el gobierno para autorizar la realización de la marcha era no caminar sobre sus canteros. Según cuenta el relato, esto se debió a un pedido expreso por parte del entonces intendente de Montevideo, Óscar Rachetti, quien se encontraba preocupado que los estudiantes arruinasen flores que recién se habían plantado en el bulevar. Tan así que existe un documental en conmemoración de la marcha titulado “Prohibido pisar las flores”. Algunos estudiantes, entre los que se encontraba Gabriel, formaron un cordón “mano a mano” de más de diez cuadras de largo para evitar que el río de gente se desbordara e inundara el cantero. También con la intención de tranquilizar cualquier suerte de agitación. Según describió el entonces militante estudiantil, afortunadamente, la movilización se desarrolló perfectamente, ya que “todo fue más tranquilo que lo que pensábamos que iba a ser”.

De esta manera, ese 25 de setiembre de 1983, una columna interminable de personas avanzó lentamente hacia la Facultad de Arquitectura, algo que Gabriel estima que tomó gran parte del día. Allí los esperaba la estatua de Bartolomeo Colleoni, un condottieri, mercenario italiano, quien por algún motivo tiene una estatua en Montevideo, y que, a bordo de su caballo, observaba a los estudiantes, como si se encontrase impresionado por sus niveles de adhesión. Quizás no hubiese quien los entendiera mejor, habiendo sido un poderoso líder, en su momento, de miles de personas.

La movilización arribó al Estadio Franzini, donde algunos de los dirigentes de ASCEEP leyeron sus proclamas en contra de la intervención y a favor del retorno de la democracia. Gabriel, sin embargo, admitió no recordar los contenidos del texto, ya que según explicó, las proclamas se repitieron a lo largo del año, más allá del valor “iconográfico” de la marcha del estudiante. 

“Lo más fuerte de ese momento era que percibíamos la decadencia del aparato represivo”, resaltó, aunque reconoció cierta ingenuidad por su parte. “Pensábamos que todo se iba a acabar. A veces comentamos con algunos viejos compañeros que las cosas [por las] que luchamos ahí aparentemente se cumplieron todas, pero no de la forma en la que pensábamos”, se lamentó Gabriel.

“Para mí, honestamente, es muy difícil pensar en la semana: para mí fue el año. Fue todo un año que terminó estallando el año siguiente. Tal vez por eso el año siguiente hubo espacios de represión muy dura”, concluyó.

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