Faltan unos minutos para las dos de la tarde. La esquina de Avenida Arocena y Carlos Saenz luce tranquila, en un día típicamente primaveral, a metros de la rambla montevideana. Algunos pocos comensales disfrutan de la oferta gastronómica del casi centenario Bar Arocena. La escena parece inmutable, casi un retrato de uruguayez. ¿Será cultural? Lo cierto es que a metros de quienes almuerzan, se encuentra un uruguayo dos veces Campeón de América, multicampeón en Italia e ídolo de Nacional: Ruben Sosa.

“Acá viene cualquier famoso, pasa por la vereda y no pasa nada”, comenta y se ríe. La exposición, la fama y la masividad de los futbolistas parece que sigue su camino por esa vereda. Recostado contra el añejo lambriz color caoba, dentro de un bar que está casi vacío, comparte con su hijo un rato antes de comenzar la entrevista que concedió a Sala de Redacción, lejos de los flashes, la firma de autógrafos y otras demandas populares esperables para tamaña figura.

“En Italia no podría estar sentado acá porque tendría 30 personas alrededor pidiendo firmas”, dice Ruben, que parece adherir a esa vieja teoría del imaginario social uruguayo de país tranquilo, donde los famosos pasan desapercibidos. De cualquier manera, hay algunos de los que disfrutaron de su esplendor, hace casi 25 años, que se acercan a saludarlo, mientras él responde con cariño como si los conociera de toda la vida. “Ojo que estamos en una entrevista”, advierte a cada uno de los que se aproxima para mostrar su afecto.

PRINCIPITO

— ¿Quién es Ruben Sosa? 

— Es “Alegría alegría” como digo siempre.

Sosa tiene 57 años, pero aún se define como un “niño alegre”. Y es así, incluso en su expresión facial y su búsqueda de complicidad con un completo desconocido. El ex futbolista mantiene esa alegría del niño que se crió “en un barrio futbolero”, por las calles de Piedras Blancas, que vieron antes que San Siro el talento de “Peter”, como le decían de adolescente, en alusión a Peter Pan. “Yo volaba”, explica.

Criado con 10 hermanos en una típica familia de clase media baja, vivió sus años de infancia y adolescencia antes de empezar prematuramente en el fútbol profesional. Su madre, a quien recuerda con especial cariño, fue quien puso la pelota debajo del brazo del “principito”. “Mi mamá se ponía la boina y jugaba de 9 con la familia”, recuerda con su mirada perdida y los ojos vidriosos, sin dejar de destacar que “jugaba muy bien”. La relación con su papá fue un poco más distante, aunque no guarda rencores. “Mi papá era albañil, laburaba de lunes a viernes y llegaba destrozado”, describe, y valora que “era quien mantenía la casa”.

El trabajo infantil dijo presente en la vida de Sosa, aunque por iniciativa propia, para ayudar a parar la olla. “Yo le dije a mi vieja: ‘Mamá, yo quiero hacer algo para la casa’”, comenta con total normalidad. En aquel momento era un preadolescente de 13 años. A través de una vecina, se hizo de su primer trabajo. La tarea: llevar pollos ya faenados en una carretilla, por el empedrado barrial, unos 200 metros. La brega duraría un año y medio, y la renuncia tendría a la pelota por compensación: “Peter” iba a la sexta división de Danubio.

Aquello de parar la olla no era circunstancial, no se trataba de una casualidad. De hecho, el oficio del campito sirvió para premiar a los hermanos. Nada de faenas ni carretillas: un gol, un pancho. Así le pagaban en el baby fútbol de Potencia, en Piedras Blancas. “Hacía de a 7 u 8 goles, hasta que empezaron a venir mis hermanos, no para verme si no para ligar el premio”, recuerda entre risas. De aquellos días, no olvida la firme compañía de su mamá: “Nos acompañaba a las prácticas, a la parada, al colegio, era una fenómena”.

DE JARDINES A EUROPA

— ¿Cómo fue debutar en Danubio con tan sólo 15 años? 

— Era defender al barrio.

Así describe Sosa su inicio en el club de la Curva de Maroñas, de la mano de Sergio Markarián. Es que en ese momento, el entonces juvenil vivía a 10 cuadras del estadio danubiano, lo que motivaba ese sentido de pertenencia, fogueado por la inconsciencia que fue hilo conductor de toda su carrera. Porque “Sosita” no entendía de presiones, no entendía las diferencias de escenarios, entre el campito, el baby o el Estadio Centenario.

En ese momento, el capitán y referente danubiano Eliseo Rivero lo arropó. “Vení nene, cambiate al lado mío”, le lanzó el “Tito”, a quien define como “un segundo padre”. Sosa fue ganando minutos, actuaciones estelares, incluso marcando goles a Nacional y Peñarol. En la franja se mantuvo del 82 al 85, jugando 77 partidos y marcando 30 goles. “Yo quería conocer el mundo a través del fútbol”, sostiene, y pronto lo lograría. En su partido debut con la selección uruguaya, con 18 años ante Inglaterra, un contratista español lo observó detenidamente. “Yo quiero a ese niño”, relata que le comentó el empresario español a Héctor del Campo, entonces presidente de Danubio. El contrato se arregló y “Peter Pan” voló a Zaragoza.

Con la mayoría de edad apenas cumplida, casado con su primera esposa, armó sus valijas y aterrizó en el fútbol español, donde jugó tres años. Cuenta que el desarraigo no le costó, aunque la ayuda de su compañera fue vital en ese proceso. “Ella me aguantó todo, cuando volvía y no hacía goles me daba para adelante, fue la raíz, la que me llevó al Top”, describe y agrega que aún tienen una estrecha relación de amistad con quien fue la madre de sus cuatro hijas. “Sufrí si desde lo físico, tenía oficio pero estaba débil”, admite.

Allí comienza su relación con el polémico contratista uruguayo Francisco Casal, a quien considera “un hermano mayor”. Casal, quien en ese entonces ya ostentaba cierto poder y prestigio en el fútbol nacional e internacional, logró hacerse de la representación de Sosa. “Es polémico porque es una persona que nació en la calle y de la calle hizo un imperio”, considera el Principito. “Paco” fue quien negoció su pase a la Lazio en 1988. En aquel entonces Italia era la mejor liga del mundo, y solo tres futbolistas extranjeros podían jugar en cada club europeo, por limitación de cupos.

IL PRINCIPE 

— ¿Cuánto valdría hoy el Sosa de Italia? 

— Cien o doscientos millones, incalculable.

En “las águilas” —como se conoce al equipo romano— se mantuvo cuatro años, en los que el equipo pudo mantenerse en primera tras venir de la B, y donde Sosa llegó a jugar 140 partidos, en los que marcó 47 goles. Otro cantar eran los hinchas de la Lazio. “Irriducibili”, como se hacían llamar los ultras del equipo blanquiceleste, son conocidos por su ideología neofascista y el uso de simbología de ese corte en sus banderas. Esta facción fue creada, entre otros, por Paolo Di Canio, confeso admirador de Mussolini con quien Sosa llegó a compartir equipo. “Es una hinchada pesada, si perdés te vienen a buscar al entrenamiento”, señala, aunque recuerda que su relacionamiento con ellos no tuvo sobresaltos.

Culminada su etapa en la Lazio, llegaría el llamado del Inter. Las negociaciones del pase no fueron fáciles. De hecho, todo comenzó con un inusual autógrafo. “Me lo pidió la señora de Pellegrini [entonces presidente del Inter] para su hija” aunque con segundas intenciones, ya que esa firma fue sometida a una suerte de lectura psicotécnica donde al Principito le dió “todo mal”, recuerda entre risas. Finalmente las partes se acercaron, y Sosa desafió a Pellegrini para que firme su llegada. “Le dije: si hago 20 goles, usted me paga lo que pide Casal, si no, ponga la cifra que quiera”, y así fue. En la primera temporada jugó 33 partidos y marcó 22 goles, siendo la 92/93 una de sus mejores temporadas. Vistió la nerazzurri hasta 1995, dejando una huella imborrable que lo liga hasta hoy con el club y sus hinchas.

Desde Italia recalaría en un destino inusual para los futbolistas uruguayos: Alemania. Su llegada al Borussia Dortmund estaría marcada por una picardía, un amague, pero esta vez de Casal.  “Estaba muy jodido de la rodilla derecha, no la podía doblar, y en eso me llama Paco para ir al Dortmund”. En ese momento, el equipo teutón estaba despuntando como uno de los equipos importantes del viejo continente. Acompañado por un médico italiano de confianza, llegaron a la ciudad para la revisión médica. La prueba, entre médicos italianos y alemanes, fue un descontrol. “No se entendían nada entre ellos, menos yo”, cuenta mientras suelta una carcajada. De cualquier manera, no todo serían risas y malentendidos idiomáticos: los médicos de Dortmund no lo querían. “Paco llamó a los presidentes de la Juventus y del Real Madrid y les dijo: llamame en 5 minutos y decime que querés a Ruben Sosa”. Los contactos y la picaresca funcionaron, y se solucionó su llegada.

Luego, tras un breve pasaje por el Logroñés español, cumplió el sueño de vestir la camiseta del club del que es hincha: Nacional. “Paco me dijo que Nacional estaba bravísimo y se podía venir el quinquenio de Peñarol”, rememora, pero la decisión estaba tomada. “No me interesa nada, yo quiero jugar en Nacional”, retrucó el Principito, y así sucedió. Sosita llegó al tricolor en 1997, y a pesar de no poder evitar el quinquenio carbonero, al año siguiente logró ser Campeón Uruguayo, título que volvió a conseguir en 2000 y 2001. “Me preparé muchísimo para estar bien en Nacional, yo soñaba ser capitán y campeón”, relata con una alegría especial y cierto tono nostálgico. Es que Nacional “es la vida” para Sosa, y mantiene bien presente esos recuerdos históricos, como los de los 100 años de la institución, los goles clásicos, su extravagante cabello tricolor o los festejos de gol en la vieja cabina telefónica que existía a nivel de cancha en el Estadio Centenario.

ES COMO EL FÚTBOL

— ¿Cómo ves al país hoy? 

— Entendiendo un poco de política, está sufriendo. Necesita cambiar.

Más allá de lo futbolístico, Sosa se anima a opinar de política como un uruguayo más, algo no muy común para los protagonistas del deporte más popular del Uruguay. Pero cuidado, esta soltura para tomar postura no es nueva ni llegó luego de su retiro. Para las elecciones de 1994, Sosa prestó su imagen para una propaganda del Frente Amplio que rezaba “en noviembre, haga un gol para Uruguay, vote el Frente Amplio”, acompañada de una foto con la camiseta de la selección. En un terreno donde abundan los grises y las medias tintas, Sosa pateó fuerte y al medio. “Fue una aventura que hice por mi familia”, explica, aunque admite que no estaba muy convencido. “No lo volvería a hacer”, reflexiona hoy, aunque entiende que en ese momento ese pronunciamiento tuvo cierto impacto, sobre todo porque se trataba del mejor futbolista uruguayo de la época. 

Propaganda del FA para las elecciones de 1994.

“La política es como el fútbol”, considera, ya con un semblante más serio y solemne. “Si vos tenés un buen presidente, manejás todo, ahora, si tenés un presidente por apellido… no” . Hoy, que admite entender más del asunto, sostiene que Uruguay necesita “cambiar para dar un salto a lo mejor”. En este sentido, lamenta que actualmente falten en el sistema político actores que estén “para el día a día, con los obreros, con la gente que va a laburar 8 horas”, aunque guarda esperanzas en que existan esas representaciones. “Hoy la política es un Nacional-Peñarol, necesitamos un Liverpool, un Defensor”, opina, y agrega que Uruguay necesita “políticos que sepan y quieran al país”.

La carestía es algo que indudablemente le preocupa. “Somos un país muy chiquito y caro: vas a comer y es caro, vas a alquilar un apartamento es caro, la nafta sube y sigue cara” enumera, y aunque admite que personalmente logró hacer la diferencia económica con su carrera futbolística, que le permite solventarse a él y a su familia, afirma no entender cómo “la gente de a pie” logra mantenerse en ese contexto.  “Yo no sé cómo vive la gente, en una familia común si no laburan los dos es imposible, para mantenerla se gasta plata de verdad”, insiste, y agrega entre risas: “La verdad es que no quiero ir más al supermercado, ja”.

A pesar de ser un cosmopolita, Sosa recorre las calles de una Montevideo que para él puede mejorar. “Yo ando mucho por la calle, acá en Carrasco hay pozos que tienen seis meses enfrente a casas que salen un palo verde”, subraya, y agrega que esto “no debería pasar ni en Montevideo ni en ninguna ciudad”. Así las cosas, el ex futbolista no reniega de vivir en la ciudad que habita hace más de 20 años, y en un país que considera “rico y hermoso”.

ACTUALIDAD TRICOLOR

— ¿Qué es Nacional para vos? 

— Es mi vida, es el motor que me mantiene vivo. Yo creo que de Nacional me van a sacar adentro de un mueble, ja.

Hoy Ruben Sosa es “embajador” de Nacional, y aunque no tiene un vínculo estrechamente institucional, sigue yendo al club a visitar la ciudad deportiva y sobre todo a los juveniles. “Estoy pendiente de los jóvenes, voy a visitar al plantel, entrego medallas a los socios, voy a las filiales del interior y también del mundo”, explica Sosa, que se mantiene en el club a pesar de algunas diferencias que tuvo con la dirigencia actual, tras las críticas que expresó en los medios hacia Brian Ocampo, ex jugador del conjunto albo. “Como dije en ese momento: a Nacional no me lo toquen”, remarca. 

Sobre la gestión del fútbol juvenil, cuestión que es motivo de críticas para la actual dirigencia y fue tema de debate en la Asamblea General del pasado 30 de noviembre, Sosa tiene sus reparos, y un argumento claro: “En el fútbol de ahora los que mandan son los contratistas”. Aunque entiende que la cantera tricolor es cuna de cracks, señala que la influencia de “dos o tres contratistas que tienen aproximadamente 40 jugadores” dificulta la llegada y la permanencia de las jóvenes promesas en el primer equipo, en un club que está urgido de ventas para sanear su crítica situación económica.

En cuanto al magro presente deportivo del equipo, subraya el fallecimiento en funciones del ex presidente José Fuentes como un momento de impacto, al igual que el posterior cambio de mando. “No digo que Alejandro Balbi sea malo, pero capaz no era el momento para él”, indica sobre el actual presidente del club. En relación a lo estrictamente deportivo argumenta que lo que sucedió a lo largo del año es que “no se encontró el equipo” y que “no se aprovecharon” los momentos claves cuando quienes peleaban la punta perdían puntos. “Espero que este presente se solucione por el bien del club” augura.

— ¿Cómo querés que te recuerden? 

— Como un niño que llegó donde nadie lo esperaba, con una alegría inmensa. Como alguien que vivió por y para el fútbol, que es de los hinchas.

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