La luz de la mañana entra con fuerza por el ventanal de una esquina montevideana. Ilumina las mesas repartidas de manera uniforme en el local y el mostrador del fondo. Por los parlantes suena música clásica, lo único que se escucha más allá de alguna que otra taza de café. Ese microambiente se interrumpe unos segundos con el ruido de la puerta.

Parece un tanguero adaptado al siglo XXI. Vestido enteramente de negro, alto y estilizado, con el pelo blanco peinado hacia atrás, Gabriel Peluffo escruta con la mirada el lugar apenas entra hasta encontrar la mesa más alejada, contra el ventanal.

Músico y médico, no le gusta hablar mucho sobre su carrera en la medicina, y no dice nada más allá de que se trata de una tradición familiar.

-Mi padre, mi abuelo, sus hermanos, todos médicos. En el caso de mi madre son tres hermanas, también médicas y casadas con tres doctores.

Fija la mirada a través del ventanal, donde se ve la calle por la que llegó hace unos minutos. Cada tanto levanta las cejas entrecanas y observa a su interlocutor, pero las ocasiones son contadas.

Nacido en 1965, Peluffo es de esa generación especial que vivió su infancia y adolescencia en dictadura. No eran adultos, mucho menos seres politizados.

-No te das cuenta, hasta que salís y ves generaciones enteras que pasaron por eso. Era una sociedad muy cerrada, con un control muy fuerte, donde los jóvenes no podían ser jóvenes. Había una sensación de miedo, de un secreto del que no se hablaba. No podíamos hablar cosas en la escuela o en el liceo, había que tener cuidado con qué compañeros hablabas porque podían sospechar que tus padres eran sediciosos.

Es esa misma generación la que tenía entre 15 y 20 años cuando la dictadura cívico-militar estaba en su ocaso. 12 años de silencio explotaron en una efervescencia militante por parte de los jóvenes de los años ochenta. Reuniones, pintadas de muros, pancartas y volanteadas se sucedían en las calles con un soundtrack especial: la música de Los Estómagos.

-Pudimos sobrevivir porque la dictadura se estaba terminando -asegura, y le da un sorbo al café.

Peluffo se unió como cantante a Los Estómagos en 1983, cuando Gustavo Parodi lo invitó a tocar con ellos.

-Mi hermano y Pedro Dalton salían a pintar en las paredes frases de Los Estómagos. Nosotros usábamos las reglas requeridas, tenías que presentar lo que cantabas en la comisaría. Lo peor que podía pasar es que cayera la razzia, pero eso pasó en los primeros años de democracia. Había un policía de particular que avisaba y aparecía la famosa chanchita, que era una combi, y empezaban a meter gente para adentro. Era algo a lo que estábamos habituados. Se podía tocar, a no ser que fueras un músico prohibido. Se les escapaba, no le daban mucha bola a lo que hacíamos.

En 1985, ya en democracia, la banda dio a luz un disco rupturista: Tango que me hiciste mal. Con influencias del punk y el post punk anglosajón, Los Estómagos inauguraron una etapa de renovación en el rock uruguayo.

-Ahí comienza el ascenso de ese corto éxito que tuvo el rock de los 80: Los Estómagos, Traidores, Los Tontos. Por otro lado estaba El Cuarteto, más vinculado a las facultades, mientras que La Tabaré también era otra cosa porque venía del teatro. Los Tontos, Traidores y Los Estómagos son las bandas de esa época que recorrieron todo el país.

La nostalgia hizo que Peluffo se suelte más, ya no mira todo el tiempo por la ventana y dejó de apoyarse en la mesa para reclinarse en la silla. Recuerda
con placer lo que se podría llamar “la tríada” del rock de los 80. Traidores, Los Tontos y Los Estómagos vivían una amigable competencia, cada banda era el público de la otra en sus inicios y juntos tocaron en la primera edición del Montevideo Rock, en 1986.

-No éramos bandas de segunda, marcamos una presencia. Todavía estábamos saliendo a la democracia y lo que quería hacer la gente era juntarse. Si bien era algo musical, también tenía un aspecto social. La gente quería salir.

Además de salir, la gente quería decir. No sólo los jóvenes habían crecido en el silencio, también los adultos, y el rock supo canalizarlo a través de sus letras, que pintaban un panorama no muy alentador, pero real.

-El primer disco de Traidores es crudo, pero era realmente lo que pasaba, letras totalmente lúcidas. Los Tontos tenían un humor muy negro, muy ácido e inteligente. El Cuarteto le daba otra rosca, por eso el mundo no estaba preparado para entenderlo todavía, tenía un componente más intelectual. Después estábamos nosotros, Los Estómagos, que ya habíamos pasado por la etapa punk y hacíamos una música oscura, con mucho del post punk, de Joy Division y The Cure. Teníamos esos temas que la gente me parece que no entendía demasiado, pero también teníamos temas pop. “En la noche” es un tema pop, por ejemplo.

De Estómagos a Buitres

El auge del rock en los años post dictadura fue breve. En 1988 desaparecieron Los Tontos, y Traidores comenzó un largo período de idas y venidas. Los Estómagos dieron su último recital el 25 de agosto de 1989. Unos meses después, como si la historia se molestase en repetirse, Gustavo Parodi se comunicó con Peluffo.

-Yo estaba muy enojado después de la disolución de Estómagos, muy enojado. Un día Gustavo me llama y me dice que se están juntando a tocar con Pepe Rambao y Marcelo Lasso.

Así, el cambio de década trajo consigo la transformación de Los Estómagos en Buitres. La banda grabó entonces su primer demo –Buitres después de la una-, que se presentó los días 16 y 17 de diciembre en el pub “Laskina”. Al año siguiente, fue editado por el sello discográfico Orfeo en un disco homónimo que incluyó algunas de las canciones más emblemáticas de Buitres: “No te puedo matar”, “Afuera la lluvia”, “La plegaria del cuchillo” y versiones del rock de los años cincuenta.

En 1991 llegó La Bruja, segundo disco de la banda y un mojón para Peluffo.

-A mí me parece que La Bruja fue dejar de buscar en el punk y buscar más en el heavy, no en lo más pesado, sino en otras cosas alternativas. Si te fijás, hay estructuras raras como “La última canción”, aunque “Natalia” es el tema mejor logrado, después los otros son caminos de búsqueda.

Esa búsqueda es algo que caracteriza a las canciones de Buitres. La banda sobrevivió gracias a que los integrantes son melómanos de primera línea y empujan los límites de su música.

-Nosotros siempre fuimos de hacer obras que tenían partes sin terminar, hay muchos temas así, que llegan al final prendidos de alfileres ya sea en estructura, música o letra. Siempre tuvimos eso, pero me gusta. La gente se cuelga con eso, con los bocetos. Está bueno tener ese criterio, capaz que estás expuesto, pero es honesto. Ese es el sentido de la banda, igual que lo fue en Los Estómagos.

Es esta experimentación la que llevó a la banda a sacar Maraviya, un disco que le dio a Buitres su primer gran impulso.

-Lo que pasó con Maraviya fue tremendo. Nos llevó a no parar de girar desde diciembre del ‘93 hasta que en el ‘95 entramos a grabar Deliciosas Criaturas. Fue una época, la única en mi vida, en la que viví de la música -dice entre risas-. Tocaba todos los fines de semana y entre semana estudiaba para dar un concurso de pediatría.

Luego de que saliera a la venta Deliciosas Criaturas, el ascenso de Buitres tuvo un parate. La instalación, en los años noventa, de multinacionales discográficas en el Río de la Plata fue demasiado para la incipiente industria local, que se vio absorbida por las grandes compañías. Una de las víctimas fue Orfeo, el sello de Buitres. Los nuevos “dueños” de su música no tenían interés en producir a la banda.

-Nos reunimos con mucha gente que nos decía que ya habíamos pasado, que no nos querían producir. Eso nos dolió mucho, pero me parece que no tendría que habernos dolido. En realidad no había misterio, no se nos había perdido nada.

Buitres logró volverse independiente y demostró, en 1998, que efectivamente no perdió nada. Rantifusa veía la luz.

-En la época de Rantifusa, Pepe estaba muy prolífico, y escribió “Ya no saben qué decir” y “Se ha perdido una mujer”. Fue una etapa de muchos arreglos, era un disco totalmente nuestro y teníamos mucha libertad creativa. Fue un período compositivo importante, pero también transicional. Pepe empezó a escuchar más a Springsteen, a Bob Dylan y dejó de escuchar el rock de los cincuenta.

Las variaciones en los gustos musicales de cada miembro de la banda marcaron un cambio compositivo en Buitres. No dejar de descubrir estilos y autores llevó a que las obras fueran diferentes entre sí. Luego de diez años, a las puertas del nuevo siglo, la banda alcanzó su madurez musical.

Crisis y rock

A mediados de 2002, el efecto dominó de la voraz crisis económica que se vivía en Argentina, sumado a la inoperancia del Ministerio de Economía y al descontrol del Banco Central, terminó por llegar a Uruguay y dar inicio a un período de insolvencia financiera que provocó el cierre de gran parte de la banca comercial y una de las etapas más difíciles de la historia del país. La gente necesitaba, más que nunca, decir, y vio en el rock nacional -también en un ejercicio de nacionalismo- una voz de protesta unificada.

-Mi hermano siempre dice, en broma, que con las crisis al rock le va bien. Yo creo que son coincidentes, a nosotros nos estaba yendo muy bien a fines de los noventa, hicimos los diez años y la banda tuvo un resurgimiento. En 2002 se vino la crisis, mucha gente se fue, la situación era insostenible. Me acuerdo que le decíamos a los boliches que no les cobrábamos y a los que habían cerrado les decíamos que abrieran ese día para que nosotros tocáramos. La gente lo necesitaba, no hicimos un peso pero nos divertimos.

En 2003, Buitres sacó el disco Mientras, que se sintió como una vuelta a las raíces. Las letras de “Soy del montón” o “Perdiendo el trabajo”, escritas por Peluffo, reflejaban una situación social y económica delicada y el descreimiento en las autoridades.

-Yo no me pude desprender de hacer letras con contenido social, siempre fracasé pero justo en Mientras hay letras que reflejan muy bien el panorama. En esa época trabajaba muchas horas, y varias eran horas muertas. Trabajaba mucho en los barrios más jodidos y la verdad es que las letras estuvieron inspiradas en lo que veía.

Así como a todo el rock nacional de la época, Buitres tuvo un nuevo empujón generado por la crisis, la salida de Mientras y un año después del disco Periplo permitió que la banda llegara a toda una nueva generación de jóvenes.

-Lo que tuvo Mientras es que éramos tipos de 40 años,  nos empezó a escuchar la juventud de esa época y arrancamos a compartir público con bandas que no tenían nada que ver con nosotros musical y estilísticamente. Recalamos en otra generación con ese disco. Es el último mojón en el que se asentó la popularidad actual de la banda. No sólo Buitres se quedó con la franja de gente que la venía acompañando sino que agarró algo más amplio. Fueron dos años: 2003 y 2004, en los que podías obviar todo el repertorio anterior e igualmente tenías un montón de hits.

Es en esta época que se construyó el carácter intergeneracional de Buitres, evidenciado en una gira por España, en la que el público no era el mismo que escuchaba los últimos dos discos y pedían canciones de los primeros diez años de la banda. Fue ahí cuando se tomó real dimensión de la amplia franja etaria a la que llegaban. Si bien la música de Buitres ya no es lo que predomina, las distintas generaciones que crecieron con la banda siguen ahí.

Hace un tiempo, Peluffo decidió incursionar en lo que fue el sonido de su infancia: el tango. En 2017, editó su primer disco solista: De barro y asfalto, en el que versiona 11 tangos clásicos que abrieron un nuevo espectro musical en su carrera.

-Con el tango, mi relación es más que familiar. Aprendimos mucho con mi padre y sabemos bastante. Bastante, pero no lo que sabe la generación del tango. En una época fue la música dominante y desapareció. Estos focos ígneos que quedan son los que sobreviven de la época de oro. Me saqué el gusto, interactué con músicos muy buenos, otro tipo de músicos. Te probás ahí.

Los tiempos que corren

Las cosas cambiaron mucho en estos años. Buitres sobrevivió a todo tipo de crisis, cambios en los gustos populares y concepciones de lo que debe ser la música y, sobre todo, del rock, género que muchas veces fue acusado de estar reservado sólo para los hombres.

-En la trama social sucede que se favorece a algunos y no se le permite a otros. No por reglas explícitas, no está escrito en la biblia que las mujeres no pueden cantar rock. Depende en parte del tipo que te contrata, que decide si entrás en el ruedo o no. Muchas veces se decía: “no, acá no puede cantar una mina”. Hoy en día uno de los aspectos positivos de las redes sociales es la democratización de la información, no hay ningún intermediario que nos diga, por ejemplo, “ay, mirá, pusiste una mujer a cantar”. Por otro lado está el talento vocal, compositivo, interpretativo y el hecho de que es medio raro que se diga que las bandas tienen que tener cuotas de género, en general se dice que es una cuestión transitoria hasta que la cuestión se acomode naturalmente. A mí personalmente me gustan cantantes femeninas, cantantes masculinos, de repente la canta un hombre y la compuso una mujer, no me importa eso.

Aquella banda de jóvenes de los ochenta con ganas de decir cosas en los últimos años de la dictadura, que se separó y se reencontró en 1989, celebra sus 30 años con dos fechas en el Antel Arena.

-Para nosotros es un momento importante. Hemos hecho un ejercicio de agarrar discos enteros, ir a determinadas épocas. Hicimos un show temático de Maravillosas Criaturas, ahora cuando salió Maraviya en vinilo también hicimos un show chiquito, ese ejercicio lo venimos haciendo, pero ahora tiene que quedar plasmado para el gran público.

Disco a disco, en diferentes etapas y con la misma curiosidad musical que mantienen hace tres décadas, Buitres sigue, como siempre, reconstruyéndose.

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