Desde hace ya algunos meses, Ansiosa no se pone su nariz de payaso, no se pinta la cara ni se viste con su ropa colorida y, sobre todo, no visita a los niños y niñas del Casmu. La emergencia sanitaria la obligó a dejar de visitar a los pacientes internados.

La pandemia de covid 19 trajo muchos cambios en las dinámicas sociales. Entre otros aspectos, hubo que acostumbrarse a usar tapabocas, a tener siempre alcohol a mano, a nuevas formas remotas de enseñanza o a consultas médicas por teléfono, y también a limitar besos y abrazos, sobre todo cuando se trata de personas hospitalizadas. Algunas actividades fueron suspendidas y su retorno está en duda. Este es el caso de Jarabe de risas, un programa de arte hospitalario de la fundación SaludArte, del que Ansiosa y otros clowns son parte. 

La fundación fue creada en 1999 por la psicóloga Rasia Friedler y apuesta al bienestar integral a través de la promoción de la salud y a la prevención desde diferentes campos, como el arte y el humor. Actualmente cuenta con cinco programas. “Siento, pienso, actúo” es un programa socioeducativo para la prevención de adicciones y el fomento de la cultura del cuidado. “Juntos y diferentes” tiene como objetivo sensibilizar y prevenir el acoso escolar y otras formas de violencia en centros educativos. Para prevenir y mitigar las consecuencias físicas y psicológicas relacionadas con la atención y el cuidado de personas en situación de enfermedad o internación está el programa “Cuidando a los cuidadores”. Además, hay un espacio llamado “Arte en comunidad”, que fomenta el arte participativo para la promoción de la salud y la transformación social en diversos contextos, desarrollados desde y para la comunidad. Por último, “Jarabe de risas” cuenta con artistas hospitalarios que visitan salas de internación y otros espacios. Su función es llevar esa “medicina” a pacientes, acompañantes y personal de la salud, a través del arte y el humor.

Este último programa, que está suspendido y sin vistas de retorno, trabajaba desde hace ocho años en la mutualista Casmu. Allí realizaban actividades y pequeños shows a los niños y niñas que se encontraban internados con diferentes enfermedades, entre ellas oncológicas y respiratorias.

Según Friedler, la pandemia fue un “cimbronazo fuerte”, ya que la fundación no cuenta con una fuente de financiación y, por lo tanto, “no está en condiciones de ofrecer un programa estable”. Eso hace que, por el momento, no se pueda planificar una vuelta.

En la marcha

“Nosotros llegamos y nos cambiamos, después cada uno con su clown utiliza distintas herramientas. Hay clowns que son muy buenos en malabares, o son magos, a veces utilizamos globos o algún otro instrumento”, cuenta Eugenia Ruiz, quien da vida a Ansiosa.

Tiene un pantalón de tonos verde y rosado, una blusa roja, zapatos marrones, vincha roja y siempre lleva su nariz de payaso, pero también usa una túnica blanca con el logo de la fundación. “Nosotros somos el otro doctor”, les explicaban a los niños para que quienes no los conocen piensen que son médicos, recuerda Eugenia. “Ahí ven que no los vamos a pinchar, se quedan más tranquilos y se abren”, completa.  

Eugenia se siente muy agradecida por haber formado parte de Jarabe de risas y cuenta que recibió más de lo que dio: “Muchas veces escuchamos que nos dicen ‘qué bueno lo que van a dar y a hacer’, y vamos con la intención de dar, pero terminamos recibiendo mucho más. A veces venís con un montón de cosas de afuera del hospital y te incorporás al clown, pero cuando salís del personaje y volvés a tu vida, también valorás y agradecés. Tomás como ejemplo a esos niños y niñas, que están doloridos o que están ahí desde hace días, aburridos, cansados e igual le ponen muchas ganas”.

El trabajo de los clowns se basa en la improvisación. Ingresar a cada habitación es una montaña rusa de emociones y la mayoría de las veces es muy difícil prever cuál es la situación de cada niño, por lo que no hay una planificación cerrada de las actividades. Eugenia cuenta que muchas veces los niños están muy tranquilos y hay que adaptarse a lo que están dispuestos a dar y a recibir. Otras veces, algunos están con mucha energía y si se pueden levantar bailan y hasta juegan a la pelota. Con los pacientes que son más tranquilos generalmente dibujan y pintan, muchas veces los niños tienen sus propios juguetes y quieren jugar con eso, y a partir de ahí los clowns se adaptan a la iniciativa de cada niño: “Había una niña que tenía varios patitos y hacían ruido, entonces, ella los apretaba y nosotros teníamos que movernos al ritmo del sonido de los patitos”.

¿Y cómo era el recibimiento por parte de los niños? 

-Los niños nos veían y se ponían contentos, sobre todo los que ya estaban desde hace días y nos conocían. Asocian los jueves con el día de los payasos y te están esperando. Si se pueden levantar te esperan por los pasillos, algunos son tímidos y se esconden, pero en realidad están atentos. Otros nos buscan, nos tocan la puerta de la habitación y nos dicen: “Después quiero que vayan”. Está muy bueno, y hasta nos han recibido con un dibujo.

La medicina

Los clowns siempre realizan intercambios desde la alegría y el humor, y si bien han pasado por experiencias muy tristes como muertes de pacientes, su objetivo es sacar sonrisas. Eugenia cuenta que una de las mejores experiencias la vivió con un niño que en las primeras visitas no quería jugar y con el paso de las semanas eso comenzó a cambiar: “Fue una buena experiencia ver cómo se fue soltando semana a semana y pudimos ver a un niño totalmente distinto al del principio”.

Paola Katz, coordinadora del programa, se encarga de establecer el vínculo entre la fundación y el Casmu. Además de reclutar a los artistas que trabajarán en cada visita, también es la encargada de recibir el listado de pacientes y poner al tanto a los artistas de la situación de cada niña y niño, para evaluar luego qué actividades se pueden realizar.

Para Katz, el trabajo que realizan desde el programa es muy importante, porque este tipo de intervenciones ayudan en el humor de los pacientes:  “Ayuda mucho más de lo que nos imaginamos. Vos no tenés ni idea y te vas, pero capaz que a él le cambió el humor, pudo estar más abierto a recibir el tratamiento en el hospital y recuperarse más rápido. Tiene un efecto real en la recuperación, no en todos los casos pero sí en general”. 

Al igual que Friedler, Katz ve muy complicado el futuro del programa dentro de la fundación y no sabe si volverá a funcionar: “No tenemos mucha expectativa, porque más allá de la pandemia, no hubo contacto por parte de Casmu, así que técnicamente es como si esto hubiera terminado”, lamentó.

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