Florencia Reyes tiene 21 años y es estudiante de Humanidades. Es, además, una de esas jóvenes de risa fácil y de mirada fresca. Al momento de hablar se muestra segura, cálida e ingeniosa; cada explicación o acotación que hace deriva inevitablemente en un chiste o en su sonrisa simétrica. Sentada cómodamente en uno de los bancos del patio de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, explica que se pasó veinte años de su vida creyendo ser heterosexual, hasta que hace unos meses sintió “el click” y descubrió que no lo era. Todo fue gracias a “Introducción a la Teoría Literaria”, una de las materias de su facultad, donde además de aprender “cosas sobre sexualidad en general”, se encontró con una palabra clave: “asexualidad”. Cuando leyó su definición se sintió liberada: “Esto que me pasa existe, no estoy rota, no funciono mal”.

La asexualidad es, de acuerdo con la licenciada en comunicación y educadora sexual Sabrina Martínez, “un componente que puede ser comprendido como parte de la identidad de la persona y, a su vez, una orientación sexual”. Al mismo tiempo, la profesional explica que ya desde las primeras investigaciones sobre sexualidad humana, realizadas por Alfred Kinsey el siglo pasado, se habló de esta orientación. “Kinsey estimó que el 1% de su muestra eran personas asexuales, por lo cual, no sentían atracción sexual hacia ninguna otra”. Según agrega, ello no significa que no puedan sentir atracción romántica, sólo que ésta no termina “materializándose en una práctica sexual”.

Asimismo, la educadora explica que luego de estas investigaciones se empezó a zurcir desde la academia un relato negador de la asexualidad, que tuvo como consecuencia la invisibilización de esta orientación: “La comunidad científica la sacó de escena por una cuestión claramente intencional, como hasta hace muy poco tiempo se negaba a las personas trans y como en muchos campos se sigue negando a la intersexualidad”.

Entre mitos y silencios

Como consecuencia de este silencio se han arraigado una larga serie de mitos en torno a qué es la asexualidad y qué no lo es. Florencia explica que el más difundido de ellos es el de que una persona asexual es alguien célibe. “Está muy relacionado con eso, pero no tiene nada que ver con el celibato, porque eso es una elección, y la orientación sexual vos no la elegís”, fundamenta. Y después aclara: “También hay algunos que dicen que es un problema psicológico. Y vos te preguntás: ¿Es un problema psicológico ser gay? ¿Es un problema psicológico ser heterosexual? Hay mucho estigma, y como no hay visibilidad ni representación no se sabe lo que es. Aparte de que hay mucha gente a la que le da pereza aprender sobre estas cosas. Salvo que tenga un conocido, si no no averigua nada”.

En la misma línea, Martínez acota que otro de los preconceptos más establecidos es el que dice que las personas asexuales son seres asexuados, que es incorrecto porque todas las personas son sexuadas: “La sexualidad es una dimensión compleja, que no se pierde por dejar de tener relaciones sexuales”, matiza.

Todo es tan heteronormativo que cuando te salís un poquito de la norma, eso ya repercute”, reflexiona Florencia, y lamenta: “Que no haya visibilización y representación es tremenda barrera. Cuando surge el tema con alguien que no conocés y tenés que explicarlo, te queda mirando raro y es como que sos un gusano. Pasa sobre todo con la gente más grande, a ellos les choca mucho que algo no sea hetero o cis. Toda nuestra cultura está tan sexualizada, además. Justamente, eso es lo que vende”.

Bibliotecas

La sexóloga y comunicadora Magdalena Joubanoba se para en la vereda de enfrente y argumenta que, desde el punto de vista académico, la asexualidad no existe. “Ellos se definen como asexuales. Desde mi perspectiva académica no estoy de acuerdo. No existe la asexualidad para los académicos. Nosotros nos guiamos por los DSM [manuales diagnósticos y estadísticos de los trastornos mentales]. Allí es donde se definen las disfunciones sexuales y las distintas orientaciones desde el punto de vista científico. Y ningún académico los incluyó”. Joubanoba cree, además, que definirse como asexual es una estrategia psicológica para aplacar “la angustia” y “la ansiedad”. Asimismo, la sexóloga afirma que muchas de las personas que se definen como asexuales esconden detrás de esta orientación varias disfunciones y trastornos sexuales: “Yo he visto que muchas personas que integran esas redes sociales y que se denominan asexuales ocultan una disfunción sexual como el deseo sexual hipoactivo, o sea, la disminución del deseo sexual”.

Consultada al respecto, Martínez plantea su desacuerdo y explica que muchas veces se patologiza el hecho de no tener deseo sexual. “Los asexuales no son personas con una patología, tampoco sufren de algún tipo de disfunción sexual. Solamente son personas que no sienten atracción sexual dirigida hacia ninguna otra. Pero esta orientación no implica ningún hecho en sí mismo traumático, patológico o psiquiátrico que sea digno de intervenir o medicar”, sostiene, y agrega: “Tampoco tiene nada que ver con un trastorno del deseo, porque si un asexual se estimula genitalmente puede llegar a un orgasmo. Cuando alguien tiene un deseo sexual hipoactivo ni siquiera se masturba”. Acerca de por qué no debería incluirse a la asexualidad en el DSM, Martínez explica que el manual tiene como función catalogar a las distintas patologías, parafilias y trastornos psiquiátricos. Por lo tanto, como la asexualidad no es un componente problemático en la vida de estas personas, no ve por qué debería incluirse en el DSM.

Acerca de la palabra asexual como “etiqueta” para definir dicha orientación sexual, Martínez cree que es positiva. Según fundamenta, ayuda a que muchas personas puedan transitar esta orientación en un “marco de salud”, sintiendo que no son “bichos raros” o “anormales”, ni que tienen que estar expuestos a tener relaciones sexuales porque sí. Además, logra visibilizar a una población que antes no era tenida en cuenta por el resto: “La importancia de visibilizar la asexualidad estriba en que es una población muy importante a la que se le tienen que garantizar sus derechos. No deben ser obligados, denostados, ignorados o criticados por la ausencia o presencia de relaciones sexuales en sus vidas”.

Tipos de atracción

Uno de los conceptos claves a tener en cuenta a la hora de hablar del tema es el de la atracción y, más específicamente, cuáles son sus distintas manifestaciones. Sobre esto, Florencia explica: “Un montón de veces me pasó de estar con amigas y que ellas hicieran comentarios sobre chicos que a mí no me generaban nada. Después, con todo esto de la asexualidad me di cuenta de que hay muchos tipos de atracciones: sexual, sensual, estética, romántica, entre otras. Y ahí es cuando empezás a discernir qué te atrae del otro. Por ejemplo, a mis amigas les atraía sexualmente alguien que a mí me atraía estéticamente. Y eso no es lo mismo”.

En internet, lugar por excelencia para encontrar acumulados de información sobre estos colectivos, varios foros de personas asexuales llegan a distinguir hasta cuatro tipos de atracción. La primera de ellas es la atracción sexual, que sería aquel deseo de involucrarse en una relación sexual con alguien; la segunda es la atracción romántica, que implicaría las ganas de formar algún tipo de vínculo romántico con un otro; la tercera es la atracción estética, que sería simplemente la capacidad de aprecio por la belleza de alguien; y la cuarta es la atracción sensual, que consiste en el deseo de entablar una relación física o íntima, no necesariamente sexual, con otra persona, por ejemplo, darse besos, agarrarse de las manos o acariciarse.

Al ser la asexualidad -junto con el resto de las disidencias sexuales- una orientación que nada a contracorriente de las formas dominantes de entender a la sexualidad, gran parte de las definiciones sexogenéricas actuales no la contemplan. Acerca del futuro de estas personas y sus discursos en el marco de las disidencias, Martínez reflexiona: “Son un regalo para todos nosotros, sobre todo para quienes estamos más instalados desde un marco más normativo, siendo heterosexuales y cisgéneros. Nos permiten comprender la maravillosa diversidad y riqueza que genera la organización humana. Esas personas siempre existieron y nunca lo pudieron decir. Está bueno que ahora lo digan, porque te enfrenta a vos mismo y te pone frente a un espejo para poder ver otras cosas y moverte de los lugares de comodidad. Las certezas que te dio la comunidad científica duran siempre hasta que viene otra comunidad científica que dice ‘esto que era de esta manera ya no es tan así’”.

FacebookTwitter