El susurro se establece para respetar el silencio, que algunos lo mantienen durante toda la marcha. La trinchera, compuesta por decenas de familiares y personas allegadas a los 197 desaparecidos durante la última dictadura uruguaya, está cubierta. Una cadena humana de manos entrelazadas les abre el paso durante todo el trayecto; hay una promesa implícita que los mantiene en pie, caminan de costado y en diagonal con un ritmo rápido, joven, curioso y sostenido, con la confianza de quien riega una planta porque sabe que algún día va a crecer una flor. 

En medio del tumulto, una señora de 89 años, está en la vereda, sentada en el piso sobre uno de sus nietos, que la sostiene. Otra mujer le pregunta:

—Señora, ¿usted sabe qué día es?

—Claro, es veinte.

—¿Está segura de que se siente mal?

—Me siento muy mareada.

—Quizás está conmovida por la fecha.

La abuela espera unos segundos y responde: “Creo que sí”. 

Las conversaciones se empiezan a aquietar y los semáforos siguen marcando el tiempo; la calle cambia de color y la voz de las infancias presentes se sumergen en la luz citadina de 18 de Julio. El primer foco que alumbra, parpadea sobre la marcha. Las margaritas sacuden sus pétalos, y un padre le dice a su hijo: “Sostenela, esa margarita es tuya”. 

Fotos: Ignacio Machado, Romina Massud y Marcos Taboada.

Al frente, dos pancartas marcan el paso de la marcha que reclama: “Ellos saben dónde están. Exigimos respuestas”, y “Nunca más terrorismo de Estado”. En el medio, la ciclovía de la avenida parece una alfombra verde por la que avanzan en sillas de ruedas familiares de Liver Trinidad, detenido desaparecido el 13 de abril de 1976 en Buenos Aires, Argentina. Pese a que por momentos el ambiente se vuelve un poco más ruidoso, el silencio se impone al ver los carteles alzados por brazos que supieron abrazar un cuerpo vivo, latente ahora en la imagen de cada ausente. 

Banderas y bandanas de Madres y Familiares de Uruguayos Detenidos Desaparecidos cubren las cabezas del frío, rodean las muñecas, se agitan en manos o se hacen nudos en alguna mochila. Sobre la tela, se vislumbra lo que todas las generaciones exigen: “Memoria, verdad y justicia”.

Fotos: Nahuel Pereira y Andrés Rodríguez.

Al cruzar Ejido, empiezan a sonar los nombres. Veintidós minutos lleva pronunciarlos y 197 veces se escucha el acentuado “presente”. La memoria acerca el recuerdo, como un niño que cincha de su cometa para traerla a la tierra. Hay labios que se aprietan con fuerza, y por momentos se vacían en un suspiro. Se puede sentir el anhelo en la mirada de quienes todavía esperan.

Una pareja aprendió a tomarse la mano sabiendo que nunca más va a sostener la de su hijo. Una nieta aprendió a decir abuela, sin poder llamar a nadie. Una hija aprendió a andar en bicicleta, sin los brazos de su madre. Un hermano acaricia una foto. 

Entre los edificios que decantan en la Plaza Libertad, se escucha el himno nacional y hay puños que se mueven en sintonía con “tiranos temblad”. Se desatan los aplausos, y los árboles alborotados sueltan hojas marchitas. Cuando se empiezan a dispersar las miles de personas por las calles céntricas, siguen sosteniendo su margarita o las fotos de quienes no volvieron. La memoria no se guarda en un bolsillo.

Fotos: Carolina Gatti y Carlos Origüela.

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